ALMA SANCHEZ, SOY LA MUJER DE 5 MARIDOS SIN PASADO POLÍTICO

ALMA SANCHEZ, SOY LA MUJER DE 5 MARIDOS SIN PASADO POLÍTICO

Cuando regresé de Alemania, en 1996, después de habitar en dicha región por casi 2 años, ya había tenido algunos encuentros cercarnos del 3er tipo, con los que llegarían a ser mi amantes eternos: venía seriamente enamorada de la forma en que los chicos germánicos de los kínderes, practicaban en el colegio y en sus casas la separación desde el origen, de los residuos sólidos domésticos; también hacían compostaje de todo lo putrescible y sabían determinar si se encontraba listo para las plantas, usando papel “peachimetro”. Asimismo me apasioné de las lagunas de estabilización de sus aguas residuales municipales, y del olor característico de su buen manejo; pero las mejores experiencias las viví en medio de sus monótonos bosques de abetos y pinabetes y algunos estanques acuícolas llenos de carpas, truchas y anguilas.

Lastimosamente, como todo lo alemán, siempre fueron respetuosos, la versión europea de los hombres que posteriormente entrarían a mi vida en una versión más descarada, se me insinuaron, pero nunca procedieron a más… ¡realmente una pena!, pero Dios sabía que lo mejor estaba por venir.

Para el año de 1998, ingreso a trabajar en una de las mejores instituciones del Estado, a la que le debo lo mejor de la vida: allí conocí al genuino amor, al padre de mis 3 hijos, mi marido el que aparece en los papeles de formalidad familiar, pero del que hablaremos más después, ya que él fue realmente el tercero en orden de aparición, así que al Dago lo dejaremos tranquilo por un momento.

En esa institución, donde se viven los peores escenarios jurídicos de la administración de justicia, en medio de una profunda soledad existencial, decido estudiar Gestión Ambiental. Mis compañeros se burlaban de mí, me decían que estaba estudiando para tramitar divorcios y cuotas alimenticias entre serpientes y tacuacines, y que me tocaría acusar o defender gatos, loras, y talapos, pero que con los que tenía que tener más cuidado era con los güisquiles por espinudos.

El estudio formal y académico del medio ambiente, me permitió obtener un traslado a la Unidad de Medio Ambiente de la institución fiscal, mis primeros casos, fueron de investigación de incendios forestales en las áreas protegidas de Colima, el Parque Tilo Deninger, el Cerro Negro, el Cebollal y Eramon de Chalatenango; en medio de la verdura espesura, pinos, liquidambars, ramones, copinoles, cedros, tacuacines, venados, tepezcuintles, boas, insectos, aves y otros, me reencontré con un hombre verde, oloroso a flores y néctares, caballeroso, de broquilasio cabello (a veces colocho como un broquolí y otras veces liso), de voz suave como la del Chonte y el Dichoso Fui, que no se cansaba de decirme que me amaba y que a su lado el aire para vivir no me faltaría … me entregué en sus brazos en medio de ríos cristalinos, llenos de camarones y cangrejos de río… nos amamos y le prometí amor eterno, y fidelidad.

Pero la promiscuidad es provocativa, y cuando la carne es débil y yo… anémica… pues… Bueno, en la medida que el tiempo pasaba en la Unidad Ambiental, inicié una relación de trabajo con un hombre feo, hediondo, completamente sucio, su piel estaba cubierta de costra putrefacta color marrón, por lo que era perseguido constantemente por una nube de moscas, mosquitos; ratas y vectores de diversa naturaleza eran su compañía, por eso la gente lo evadía. Comenzó a cortejarme, de una manera única, me habló de emisiones contaminantes, sólidas, líquidas o gaseosas; de química y economía ambiental, de contaminación del agua, aire, suelo y de la biodiversidad; de su mano visité los basureros llenos de lixiviados, cuya profundidad entre desechos putrefactos me llegaba hasta la rodilla; visitamos ríos contaminados, llenos de peces muertos y espuma, de aguas calientes por el carbono que emitían, algunos parecían pantanos llenos de orines y excrementos de color negro, en donde bolas de aire emergían de sus profundidades y reventaban en la superficie expeliendo nausea y vomito; con mi hombre marrón entendí cómo las acciones contaminantes del hombre matan, roban oxigeno y degradan el entorno… en medio de humo y material particulado microscópico, le juré amor, pero no fidelidad, porque tenía un hombre verde que me esperaba y que tenía meses de no ver, que repartiría mi tiempo entre los 2… de mala gana ambos aceptaron.

Un día entre idas y venidas de trabajo, un hombre de carne y hueso me dijo que si quería ser su novia… sí, el Dago… yo retrocedí, ante esas palabras, me gustaba él, pero me dio miedo su reacción de conocer que en mi vida habían 2 amantes, se lo confesé, le dije que mi tiempo lo repartiría entre él mi hombre de carne y hueso y mis amantes verde y marrón; aceptó, pero me advirtió que no me aceptaría ni uno más. ¡Ja!, a mi Dago se le olvidó que la mejor palabra no se habla.

Corría el año 2013, entre trabajos independientes, porque ya no estaba en la institución fiscal, conocí a una proxeneta a una Celestina intelectual, cuyo nombre omitiré porque no quiero causarle problemas en su hogar; arquitecta de profesión, experta en ordenamiento territorial y urbanismo, me dijo: “tienes que conocer a un hombre gris”. Me lo presentó, fue amor a primera vista: pelo, piel, ojos, color de las uñas, vestimenta, todo completamente gris; gris, como la arena, cemento y grava de las construcciones; del color y olor de los encofrados y pavimentados, de las aceras y cunetas; de manos ásperas pero impoluto en el resto de su aspecto físico. Con él conocí del uso del suelo, de la gestión de riesgo, de las estructuras de hierro y su resiliencia, así como de su capacidad de carga, de los deslizamientos, y otros fenómenos naturales y antrópicos, ya ustedes se imaginaran lo que vino después.  

Mi amor por el hombre gris lo mantuve en secreto, fue momentáneamente clandestino, yo dije para mí que jamás lo revelaría porque 2 amantes y mi Dago, eran suficientes, pero como siempre la vida me tenía preparada otra sorpresa.

En el año 2015, mi amiga, la Celestina del hombre gris, me presentó a otra rufiana profesional, de características indígenas, que me reveló que amaba a un hombre azul, ella trabajaba para el corredor costero marino, en el mar, entre árboles de mangles y tortugeros, entre peces y aves migratorias, entre humedales marinos y la reserva de la biosfera de Jiquilisco. Desde que nos miramos a los ojos con el hombre azul y entré a sus aposentos, no nos hemos separado, hemos caminado, abrazados, desde las salineras del Golfo de Fonseca, hasta Bola de Monte en Ahuachpán.

Esta es la historia de mi vida, de mi pasión por las 4 agendas de la gestión ambiental, territorial y urbanística: verde, marrón, gris y azul, y mi Dago, quien juntamente con mis 3 hijos visitamos ese arcoíris del conocimiento de la vida y que requiere del amor más profundo para vivir con ellos, juntos hasta que la muerte nos separe.   

Mi promesa es trabajar por una agenda legislativa que visibilice y materialice los temas de gestión ambiental, históricamente marginados. La decisión está en sus manos.