El alivio de recuperar tu nombre (Escapo de Nicaragua)

El alivio de recuperar tu nombre (Escapo de Nicaragua)

 

Por Franklin Villavicencio (@fvillabravo) | Ciudad de México

Mi último ritual en Nicaragua fue ir a la tumba de mi papá, fallecido hace poco más de cuatro meses. Ese día supe que no volvería a visitarlo en mucho tiempo. Lloré largo y tendido a los pies de la grama que empieza a crecer en la tierra donde están sus restos. Lloré porque no pudo ser testigo de mi libertad. En ese momento me di cuenta que ese sería el lugar que más extrañaría de toda Nicaragua.

 

A las horas empecé a hacer mi maleta. Es difícil de asimilar cómo la vida puede ser tan compacta. Solo quería hacerle espacio a los recuerdos, a las pequeñas cosas como el reloj que le regalé a mi papá para su último cumpleaños, las fotografías y los cuadernos de notas que me acompañaron desde que empecé a escribir. Ni siquiera me interesaba llenar el equipaje de libros. Los más de 200 títulos que adquirí desde mi juventud iban a quedarse en los tres estantes de mi antiguo cuarto en Managua. Solo metí a la maleta un manual de gramática de la Real Academia Española, “Confesiones de un joven novelista”, de Umberto Eco; y “El olvido que seremos”, que fue el regalo de una amiga. Son los títulos más dispares para un viaje sin retorno.

 

Después de que el régimen desatara una escalada represiva contra el periodismo, decidí dejar de firmar mis publicaciones. Fue el precio que los periodistas pagamos para seguir trabajando dentro del país. Ahora que estoy exiliado, asumo nuevamente mi firma, mi sello como periodista. Por eso digo que es un alivio recuperar tu nombre.

 

El miércoles 29 de junio partí con lo poco. Mi familia fue a despedirme a una gasolinera de Managua, donde esperaría a un bus que me llevaría hasta Honduras. Para mi sorpresa, la gasolinera se empezó a llenar de jóvenes que también abandonan Nicaragua. O más bien: Nicaragua los había abandonado. Ellos iban a Estados Unidos, mi plan era México.

 

Mi salida del país fue por puntos ciegos, porque no podía correr el riesgo de que las autoridades del régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, me retuvieran. Soy un periodista y eso me convierte en un enemigo del régimen. En el camino me topé con centenares de nicaragüenses que también huían del país e intercambiamos historias de nuestro exilio.

 

Crucé por un camino pedregoso para burlar a las autoridades del régimen. Íbamos tres en una moto, ocultos, con miedo, hasta que llegamos a una balsa en la que cruzamos un río. Mi pase de libertad dependía de las personas que nos ayudaron a escapar.

 

Cuando un nicaragüense deja la frontera, automáticamente es un poco más libre. Cualquier lugar parece mejor que Nicaragua. A lo largo de estos casi cinco años de crisis sociopolítica he sido testigo de cómo una nación se cae a pedazos por dos personas obsesionadas con el poder. Eso ha sido lo más doloroso de presenciar.

 

Nicaragua se ha convertido en un sitio donde cada día hay más razones para largarse que para quedarse. Y es que la estabilidad es tan solo un espejismo que en cualquier momento se puede desmoronar.

Provengo de una generación que nació para ser libre, cuyos padres vivieron el horror de la guerra, y lo mantuvieron muy presente en la memoria para que sus hijos jamás revivieran tiempos como aquellos, en los que la doctrina y la obediencia al partido sandinista era lo único que podía garantizar la supervivencia. En medio de su enfermedad, mi padre no dejó de recordarme que mi vida valía mucho, tanto que tenía que hacer todo lo posible por salvarla, por no dejar que el colapso de un país, lacerado por el único hombre que lo ha jodido dos veces en la historia, terminara también conmigo.

 

Desde lejos, me doy cuenta que debo volver a recoger las piezas de mi vida y retomar todo lo que quedó suspendido desde 2018, cuando estalló una terrible crisis sociopolítica que interrumpió la existencia de millones en Nicaragua. Todos los caminos que se bifurcaron me han llevado hasta acá, a este momento en el que puedo recuperar mi identidad. Pasé varios años escribiendo con miedo, con la pluma entumecida y cargada de temor. Con la necesidad pegada en la garganta de decir que todo lo que nos ha tocado vivir está mal y no merecemos haberlo vivido. Pero el miedo se diluye cuando uno cruza esa frontera tan lúgubre.

 

En Ciudad de México mi vida empieza a tomar forma. De pronto, me sorprende volver a soñar, a pensar a largo plazo, a imaginar. El régimen me arrebató años importantes de mi juventud, pero no es nada en comparación a las vidas que ha quitado la represión. Recuerdo el poema de Ernesto Cardenal y el verso “pensá en los que murieron”. Además de pensar en ellos, también pienso en quienes quedan, en quienes también quieren irse y no pueden. En el trabajo de hormiga que miles hacen desde el anonimato para que la información siga fluyendo. Todos los días pienso y pido al universo por todos ellos.

 

No sé cuándo pueda regresar. Solo tengo conmigo el último abrazo que le di a mi familia, las lágrimas y también el alivio que para ellos significó mi salida. Y también tengo la certeza de que priorizar mi libertad, fue honrar también la memoria de mi padre.