Lunes, 10 Diciembre 2018

Huyen de Venezuela y terminan desamparados en Colombia

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Hambrientos y sin esperanzas, Francely Ramírez y su esposo dejaron a su hijo de 2 años al cuidado de amigos, recogieron sus escasas pertenencias y pasaron cuatro días caminando y en vehículos que se dignaban a llevarlos, desde la frontera con Venezuela hasta una ciudad de tiendas de campaña destartaladas detrás de una estación de autobuses en la capital colombiana.

La pareja, de Trujillo, Venezuela, había escuchado del campamento informal, llamado El Bosque, por boca de otros viajeros. Y tenían la esperanza de unirse a cientos de venezolanos que viven allí varios días para poder comer, dormir y recuperar las energías suficientes para enfrentar lo que les depare el destino inmediato.

Pero se encontraron que la policía había cercado el lugar y planeaban sacarlos esta semana.

Dentro del campamento, las familias se sentaban bajo carpas y tiendas de campaña, mientras las ropas se mecían en las tendederas colgadas entre los árboles. Había inodoros portátiles y una cancha de baloncesto.

Pero afuera de la barricada, Francely y su esposo dijeron que habían pasado la noche anterior protegiéndose de la lluvia debajo de un pedazo de plástico. La otra familia venezolana que estaba junto a ellos viajaba con cuatro niños pequeños, entre ellos una niña enferma.

"Me alegro tanto de no haber traído a nuestro bebé con nosotros", dijo Ramírez, con aspecto de estar muy cansado. "Cuando miro alrededor y veo como estamos viviendo, no me lamento".

En muchos países de Sudamérica hay ciudades abrumadas por una de las mayores olas migratorias en la historia de la región. La ONU dice que 2.4 millones de venezolanos están viviendo en el extranjero, y 1.6 millones se han ido del país desde el 2015, y en su mayoría viajan por tierra hasta Colombia.

Este río de refugiados está abrumando los albergues y organizaciones humanitarias. Y la presencia de venezolanos acampados en parques y terrenos abandonados es algo cada vez más común a lo largo de la ruta de la migración venezolana, que comienza en Colombia, pasa por Ecuador y sigue hasta Perú.

Los gobiernos de la región --reunidos en Nueva York la semana pasada para la Asamblea General de la ONU-- prometieron ayudar a los refugiados. Estados Unidos ha asignado casi $100 millones en asistencia y países como Colombia y Perú han abiertos sus escuelas y hospitales a los migrantes indocumentados.

Pero también ha quedado claro que los gobiernos locales batallan para hacer frente a la llegada de tantas personas.

En Bogotá --una metrópolis de 8 millones de personas-- los funcionarios municipales conocieron de la existencia de El Bosque cuando los vecinos comenzaron a quejarse de que el parque del vecindario estaba lleno de carpas plásticas y tiendas de campaña. Cuando las autoridades aislaron la zona el mes pasado e hicieron un censo, identificaron a 392 hombres, mujeres y niños en el parque, casi todos venezolanos o colombianos que habían vivido en Venezuela.

Cristina Vélez, secretaria de Servicios Sociales de Bogotá, dijo que el gobierno de la ciudad está tratando de trasladar a albergues a las mujeres embarazadas y con niños menores de 6 años. Pero los demás tendrán que arreglárselas como puedan cuando los saquen del lugar esta semana.

"No tenemos suficiente espacio en los albergues", explicó Vélez. "Estamos buscando alternativas, y esas alternativas son ayudarlos a crear una red social y a integrarlos a la sociedad".

El gobierno de Bogotá ha celebrado ferias de trabajo y otras actividades para ayudar a los recién llegados. Durante las próximas semanas, la ciudad también establecerá centros de servicio al migrante, lugares donde los venezolanos pueden buscar empleo y recibir asesoría jurídica. Las autoridades calculan que en Bogotá hay 110,000 venezolanos con permiso de residencia y trabajo, y que una cantidad tres veces mayor no está inscrita. A nivel nacional, se piensa que casi 1 millón de venezolanos se han mudado al país en los últimos años.

José Luis Acosta es uno de los afortunados. Después de salir de Venezuela hace dos meses, logró inscribirse para recibir un permiso que le permite vivir y trabajar en Colombia dos años. Pero no ha podido encontrar empleo. Así que por ahora vive con otros venezolanos en una plataforma de hormigón sin techo detrás de una iglesia, y esconde sus ropas y frazadas en un árbol durante el día para poder salir a vender caramelos en las calles.

Él y seis amigos esperan reunir los $100 que necesitan para alquilar un apartamento pequeño durante un mes. A pesar de los trabajos, Acosta, que era trabajador social en Venezuela, dijo que nunca ha pensado en regresar.

En Venezuela "había que trabajar todo el mes para poder comprar un kilo de arroz", dijo. "Aquí estamos sufriendo, pero todavía podemos ganar dinero suficiente para enviar algo a Venezuela".

En ciudades más pequeñas en toda Colombia, como Maicao, Cúcuta y Bucaramanga, las autoridades dicen observan un aumento del desamparo entre los venezolanos. Aunque esa situación también existe en Bogotá, el tamaño de la ciudad ha ayudado a ocultar el fenómeno.

En noviembre pasado, un censo identificó que de 9,300 personas que vivían en la calle en la ciudad, solamente unos 300 eran extranjeros, casi todos venezolanos. Peri si El Bosque es una señal, indudablemente el problema se ha agravado desde entonces.

A diferencia de la población tradicional de desamparados, Vélez dijo que los venezolanos tienden a mantenerse juntos, por razones de seguridad. Y ahora, la gran mayoría de los que terminaron en Bogotá se han reunido cerca de El Bosque y la estación de autobuses, donde pueden conseguir información y decidir si se quedan en Colombia o se va a otra parte.

"La terminal de autobuses se ha convertido en un punto de reunión", dijo.

Elvis Cuevas, su esposa y sus dos hijos pequeños llegaron a Colombia hace un año porque él no se reconocía en el espejo. Cuando los alimentos se encarecieron significativamente, y muchas veces ni pagando se podían encontrar, el hombre bajó de 308 a 198 libras. Vendió su Mitsubishi del 2008 por el equivalente de $500 y vino a Colombia con su familia. Pero pronto se les acabó el dinero y estaban viviendo en la calle. Hace poco consiguió un empleo de guardián y gana dinero suficiente para alquilar un apartamento y dar comida a su familia.

"La vida no es fácil aquí", dijo. "Pero si necesitas comida, puedes salir a la calle y lavar un carro o lo que sea y ganar lo suficiente para comprar algo de comer. En Venezuela no se puede hacer eso".

Ramírez, la mujer que viajaba con su esposo y que había dejado a su hijo en Venezuela, dijo que Colombia ha sido tanto amable como cruel con ella. La antigua estudiante de Derecho, comenzó a vender comida y baratijas en las calles de Cúcuta, en la frontera con Venezuela, cuando necesitó enviar dinero a su familia. Pero a medida que la ciudad comenzó a llenarse de venezolanos desesperados, ganarse la vida se hizo más difícil. La familia empezó a dormir en la entrada de la casa de un vecino amable, dijo la mujer.

Al final, decidieron dejar a su hijo en Cúcuta con unos amigos se fueron lejos de la frontera en busca de trabajo.

Exhaustos afuera de El Bosque, Ramírez y su esposo dedicaron su atención a un plato de comida que les dejó un empresario local, y rogaron que no le cayera mal, como había ocurrido con otra comida donada.

La pareja ha escuchado que es más fácil conseguir trabajo en Lima, Perú, a unas 1,800 millas de distancia. Después que terminaron de comer, se pusieron los zapatos, agarraron sus mochilas y empezaron a caminar con destino a Perú.

Fuente: elnuevoherald.com

 

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