Domingo, 09 Diciembre 2018

La vida de lujo y sangre del cartel

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Antiguos colaboradores, socios y lugartenientes del capo mexicano ahora se han convertido en testigos de cargo contra quien fue el narcotraficante más poderoso de México, capaz de movilizar ejércitos de sicarios, sobornar a las más altas autoridades y desplegar flotas de aviones y narcosubmarinos para transportar su mercancía.

Entre los testigos más esperados en la sala del juez federal Brian M. Cogan están dos gemelos mexicoamericanos, Pedro y Margarito Flores, quienes durante años fueron los responsables de hacer llegar los cargamentos de Guzmán a Estados Unidos y distribuirlos a través de las redes que habían creado en una decena de ciudades.

Tras decidir colaborar con las autoridades en 2008 y grabar sus conversaciones con sus socios, se entregaron y permanecen bajo custodia de las autoridades dentro del programa de testigos protegidos. No se les ha visto desde la comparecencia ante un juez en 2015 en la que fueron condenados a 14 años de cárcel.

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Las mujeres del narco

Sus esposas, Mía y Olivia Flores, también tuvieron que asumir identidades nuevas una vez sus esposos se entregaron y empezar una nueva vida con sus hijos en algún lugar de Estados Unidos. Ambas, que narran su experiencia en el libro Cartel Wives (Grand Central Publishing), hablaron con People en Español sobre su experiencia en el mundo del narco en México y su actual vida clandestina, en la que se han acostumbrado a convivir con el miedo.

Un miedo nada infundado: el padre de los gemelos, Margarito Flores Sr., desoyó las advertencias y regresó a México al año siguiente de que sus hijos se entregaran a los federales. No se supo más de él: su auto fue encontrado abandonado en el desierto sinaloense con una nota de advertencia a los hermanos, según informaciones de prensa de la época.

Como medidas de precaución, las esposas de los Flores acudieron a la entrevista escoltadas por guardias armados, no se dejaron tomar flores y se escondieron detrás de unas largas pelucas y unas enormes gafas de sol para contar su historia.

“Teníamos una vida de mucho lujo, nuestros maridos fueron probablemente los primeros estadounidenses en trabajar con el Chapo Guzmán, por lo que estaban en el más alto nivel. Trabajaban con él, alguien que tenía narcosubmarinos, una flota de [aviones], túneles con trenes, camiones”, contó Olivia, quien nació en 1975 en Pilsen, un barrio mayoritariamente mexicano de Chicago.

“Obviamente nos beneficiamos de ese estilo de vida, del lujo, de vivir en mansiones… teníamos una casa en la playa cerca de donde las Kardashian van de vacaciones en Punta Mitra, en Puerto Vallarta. [Esa realidad] era nuestra vida cotidiana”, agregó.

Olivia y Mía procedía de hogares con un papá policía y una madre estricta que las mandaron colegio privados a pesar de las estrecheces económicas, lo que no evitó que tarde o temprano cayeran en malas compañías y posteriormente conocieran a los hermanos Flores, a los que las autoridades consideraban uno de los mayores narcotraficantes de Chicago, de donde tuvieron que huir en 2003 y saltar a México perseguidos por la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés), según el libro e informaciones de prensa.

Las deudas se saldan con plata o con sangre

Allí, de acuerdo a las autoridades y sus esposas, pusieron su habilidad y experiencia en logística a disposición de la organización de los hermanos Beltrán-Leyva y el cartel de Sinaloa encabezado por el Chapo, a quien conocieron muy bien y al que visitaban a menudo en su palapa escondida en lo alto de la Sierra Madre.

“Cuando mi esposo lo conoció, se sintió muy intimidado con su sola presencia. No por lo que hacía, sino por el poder [que emanaba], por el ejército [que tiene]. Ir a verle era algo sacando de las películas”, señaló Olivia, quien conoció al capo a través de las descripciones que le hacía su marido de sus viajes, que incluían peligrosos vuelos en avionetas y recorridos en todoterreno por sinuosas rutas de montaña .

“Es un hombre bajito, fornido, pero con mucha confianza en sí mismo, que mandaba a matar sin pestañear. Algo que para él era algo normal. Siempre mantenía la compostura”, agregó.

Se instalaron en Guadalajara, donde aseguran que vivían en un barrio de clase alta en el que, según ellas, era difícil distinguir al abogados o al médico, del narcotraficante. La presencia de la delincuencia organizada era patente y aceptada como algo ordinario.

“Cuando viajábamos con nuestro maridos a Culiacán [Sinaloa], estabas en un restaurante y veías a 50 tipos llegar en pick-up trucks con [fusiles] Ak-47 colgados de los hombros, mochilas con granadas y walky-talkies. Lo veía y pensaba: ¿pero qué es eso? Las familias que estaban allí comiendo [no se inmutaban], les parecía normal”, apuntó.

En el libro describen una vida de lujos extremos, en los que se comía con vajilla de Versace, disponían de sirvientes y los armarios reventaban de bolsos de Cartier. Los negocios de millones de dólares se cerraban con un apretón de manos y la única preocupación económica era qué hacer con tanto efectivo. Eso sí, la pena por dar un paso en falso podía ser la muerte.

“Si no haces lo que quiere el Chapo, acaba con toda tu familia. Había momentos en que le decía a mi marido: ‘¿Por qué no puedes dejarlo, marcharte, no hay necesidad de seguir con esto?’. Mi marido me decía: ‘Esto es como un grifo abierto, el agua no deja de salir'”, recordó Olivia. “Si no haces lo que te dicen, te matan. Si no les haces ganar dinero, si no les eres útil, eres desechable. No puedes retírate, no puedes salirte, aunque no tengas deudas, aunque no les debas nada, no importa. Es así como se enriquecen”.

Mía resaltó que pronto se dieron cuenta de la realidad en la que habían aterrizado, que en una ocasión incluyó ser secuestrados a punta de fusil. “Desde el primer minuto que nos metimos en ese mundo, asumimos el mayor riesgo de nuestras vidas. Todos nuestros momentos de felicidad quedaban ensombrecidos por los malos. Era una cosa detrás de otra: secuestros, extorsiones. Nunca podías vivir feliz. Pero te adaptas, te haces inmune”.

Personas encantadoras

La latente amenaza del uso de la violencia no significa que algunos de los capos que conocieron tuvieran su encanto, muy lejos de los rufianes de barrio que habían conocido en Chicago. “Son muy carismáticos, muy seguros de sí mismos. No se ven como el narco común que ves aquí en Estados Unidos, que los identificas a una milla de distancia por sus joyas, sus diamantes, todo el bling bling”, puntualiza Olivia.

“No es lo mismo allí: van bien vestidos, casi como actores, y se portan de una manera educada. Como decía, cuando vivíamos en México en un barrio acaudalado, era [una casa] de un abogado, otra de un médico, todos eran iguales, se veían iguales, desde la manera de hablar. Eran educados, no podías distinguirlos”, subrayó.

La gota que colmó el vaso

A la tensión natural del negocio, en el que el fallo en un cargamento significaba acumular una deuda millonaria con el cartel, se sumó la creciente presión de las autoridades federales estadounidenses estaban detrás de su pista, hasta el punto de que por un pelo policías mexicanos no los entregaron en una ocasión a sus colegas del norte.

Pero lo que al final les decidió abandonar fue el estallido de la sangrienta guerra entre el Guzmán y los Beltrán-Leyva. Los gemelos Flores nunca habían recurrido a la violencia para manejar sus negocios y les desagradaba tanta sangre, recalcaron sus esposas.

“Así que por un lado Arturo [Beltrán-Leyva] les decía que no quería que siguieran trabajando para el Chapo y que les dijera dónde estaba el Chapo, y lo mismo del otro lado. El Chapo les decía: no pueden trabajar con mis enemigos”, lamentó Olivia, quien igual que Mía para entonces ya tenían hijos. “Nuestros esposos se dieron cuenta de que no podían seguir”.

El siguiente paso fue ponerse en contacto con las autoridades estadounidenses, llegar a un acuerdo con la fiscalía federal y empezar a colaborar como informantes grabando conversaciones y recabando información comprometedora durante largos meses, en los que temían a cada instante que los poderosos capos descubrieran su traición con sus sofisticados equipos de espionaje.

Hasta que un domingo, de sopetón, los federales les dijeron que debían entregarse ese mismo día. Los gemelos abordaron un avión del gobierno estadounidense en el aeropuerto de Guadalajara y el resto de la familia –incluido un bebé casi recién nacido– salió disparada para cruzar la frontera por Nuevo Laredo.

Ahí empezó su nueva vida, llena de mentiras, falsedades y mucha discreción. “A veces no sabes en qué realidad vives. Aquí nos ves bien vestidas, maquilladas, con pelucas y gafas de sol. Pero eso no es quien somos. Somos mamás, soccer mums, que vamos al PTA, vestimos mallas de yoga, trabajamos para mantenernos”, dijo Olivia.

“No podemos hablar con nuestros vecinos, no saben quién somos y la única persona que sabe lo que paso es Mía. No podemos establecer relaciones con gente, conectar, porque tememos que no nos acordemos de las mentiras que contamos”, añadió.

A eso hay que agregarle el miedo, que nunca desaparece por mucho tiempo que haya pasado desde su huida, y la posibilidad de tener que recoger cuatro cosas y huir si hay la mínima sospecha de que las han ubicado. “Aunque a nuestros maridos les impusieron una pena de 14 años, la realidad es que la condena es de por vida. Siempre vas a vivir con miedo, siempre te estarán buscando, siempre mirarás a tu espalda, por temor a que haya alguien que te quiera matar”.

Fuente: peopleenespanol.com

 

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